viernes, 1 de junio de 2012

LA NIEBLA

Para el poema EN LA NIEBLA, de Hermann Hesse (entrada anterior). La niebla no le pertenece a un paraje: "es" un ocultamiento... Hay algo como un manto de nubes que desciende y se sitúa ante nuestros ojos, ocultandos y ocultando aquello que está en torno (no ve el árbol los otros árboles). Pero eso que está en torno también está allí para reconocernos. Es la alusión, no a una edad, sino a un escernario despejado  que ha sido abrazado en lo invisible e intangible, en el cual "el mundo estaba lleno de amigos". Pero también la niebla es interiorización, y así un dejar de ver venido desde dentro de nosotros, en la añoranza de lo visible ausente, portador de un sentido y de un sendero. Ahora se está solo, y aquí la niebla alude a lo esencial, a su silencio y a su ingravidez, a su leve flotar fuera del tiempo, aún del Ser y del pensar, aún del contemplar como estación de elevación en el espíritu, del cual también desaparecen la conciencia y los escenarios, pues el es tar "solo" resulta un estado no de desconocimiento sino de abandono, aún de paradigmas, de figuras que hagan de referencia para sentirnos, y de desconcierto. Un dejar de saber en dónde se está: es lo vacío, donde la espera es también abolida para, gracias a su materia deleznable, poder seguir, o solamante ir entre las presencias que, en un movimiento contrario, nos hacen amarnos por la callada intimidad que así se descubre. No sobra aludir a que la niebla se da en las cumbres; no en el descampado pero si en lo propicio a la separación. Y es, por añadidura y esa oculta ley del "azar objetivo", en la corteza de los árboles donde desde nuestro tiempo interior se han grabado sus propias y nuestras, señales por sobre el designio del designio que sobre nuestro ser podamos o creamos abrigar... ¿Cuándo, cómo se ha formado ese banco de niebla que nos es preciso atravesar...Si también somos por él atravesados?

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