miércoles, 19 de septiembre de 2012

DESDE KUNERT

"No se es consciente de que en realidad ya se cuelga en el aire..." Pero es un estar acodado en la ausencia de un Norte y en la espera de algún hallazgo o búsqueda, cuando el propio interior, con sus seguridades, ha desaparecido, ha sido llevado, destruído por "manos inesperadas". El Yo deja de serlo, y aún de hallarse en sí para ser dueño de una mirada, de un sólo mirar como acto de afirmación y no de contemplación.

 Antes había un abrigo, un suelo firme, y ahora es el abismo, lo irreconocible para desde su suelo trazar senderos en lo desconocido y hacia lo absolutamente "0tro". ¿Qué, cúal verdad había en esos abrigo, segurudad y suelo firmes desde los cuales de inva a MIRAR HACIA AFUERA? Tal afuera estaba dentro nuestro sin saberlo, y ahora no es el espacio sino un transcurrir hacia lo deshabitado, que es también lo indiferente. Sólo el propio corazón proporcionaría un calor de acogida, una tensión irracionable por todo asidero, y no obstante plena de razones de lo etéreo, caso mensajes de unos emisarios a los cuales tampoco se alcanza a oír o se está imposiblitado para prestarlar a sus señales atención.

Y viene a ser un "residir en sí" cuando la casa provista de objetos afectivos, claramente dispuestos, reconocibles en su función y sitio, se ve , se súbito, vacía, aire sólo entre el aire de un aire que se hace más imperceptible que inasible. Las propias manos, entonces, se viuelven inútiles, tal vez se inmovilicen, y a la mirada se le ha sustraído el paisaje. Pero se sigue siendo contemplado desde la indiferencia de los transeúntes. El Yo tendrá que reconstruírse con fragmentos de despojos...: crearse y crear letra y vida. Una atención prodría llegar, en el salto desde lo inmanente a lo trascendente, desde lo sensorial hasta lo intangible, como fuerza también irracional para seguir o solamente estar y habitarse un un desvalimiento que se ignora asistido. Sólo que no es irracional, sino hecha de otras razones aún desconocidas, y el mirar es buscarse, es la zozobra de ir tras de sí para habitar una creencia cuyo signo inevitablemente se ha de pasar de lo analógico a lo sagrado, más profundamente, aunque en un rostro, indeterminado todavía...

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