domingo, 1 de noviembre de 2015

AMANECE

                                                ¿UN CRISTAL?

Amanece entre el bosque, cuando la niebla ya se la alzado y deja ver las copas de los árboles que como manecillas del reloj marcan las horas. Pero ellas no hacen el movimiento de rotación de éstas sino sólo señalan a lo alto, como a un tiempo que no fuera a pasar por haberse hecho sólo presencia de las cosas en su sólo interior abierto a la luz que ha de hacer su paso por el tiempo. En éste nuestro ser se hace uno con el fluír de la savia por las hojas que un día caerán, sólo que ahora, desde la fronda, ven partir a las aves que se han guardado en ellas.

 La conciencia se hace esa fronda; el sentimiento se hace ese vuelo, aunque por lo opaco de la niebla que oculta aún el firmamento no hay cantos de los pájaros, sino sólo el sonido de un débil viento y su propio mecerse en tal caricia o roce...

Un cristal
De aire, deja
Ver hacia lo invisible...

Lo lejano y lo próximo ya no hacen una sola presencia en el ánimo. Abajo, la hierba aún deja ver unas gotas de rocío, pero son solo un estar que ahí anticipa otros pasos que vendrán, con  ese transparente y misterioso ir abriéndose de flores que se esconden a los ojos, semejante también a los actos que habrán de venir y habrán de ir e irse. Todo, por ser cierto, se hace incertidumbre, y por pasado se hace anticipación; percepción de un sentir que en este instante único -no en otro alguno- puede hacerse Sentido. Entre el bosque y el alma ya hay sendas trazadas, sendas aún por trazarse y sendas abandonadas.  

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