miércoles, 18 de julio de 2012

LAS VOCES DEL VIGÍA

Se oirán tras haber él sabido de las indescifrables palabras con las cuales conversan los Isbergs; da así el Vigía sus voces.Son las voces lanzadas desde el Castillo de Popa de su buque encallado en la cima del Monte Lu. El vigía, que debe mirar hacias la mar, se ha vuelto a unos trigales ante la ausencia de agua en torno al Monte . Más que voces son ecos, cuya resonancia se da en los acantilados de su propio callar, cuando camina al alejarse del Monte, que se ha hecho invisible.

 Entonces es la niebla en figura de nube o de nieve vuelta ola, una ola de más de un mar de metros, que los alcanzó -al buque y al Monte-, cuando éste se creyó ante las landas de otra región del mundo. Eran las suyas propias en la desolación de una rosa amarilla abierta hacia la transparencia de lo ausente.Sólo una acción, no una idea; sólo un ir y no una imagen; sólo un dejar y no un permanecer. Aquí el afuera es la manera de un adentro ajeno, casi inhóspito, pero desde cuyo oleaje también llaman las Sirenas.

Así se da el Ser, en el No-hacer que se hace y deshace, que se mira y olvida, que lanza voces que no son oídas, sino, acaso, cambiadas de significaciones por el eco. Éste no se devuelve de las montañas sino de los vacíos próximos, de una Nada que es, al fin y, casi dichosamente, todo, el Todo de la Mística en la navegación y el otear.Tal vez este vigía de hoy fue y sigue siendo uno de los primeros moradores, con San Benito, de la Abadía de Montecasino...No de su buque ni desde su atalaya. Sólo enseñarse a la perfecta y blanca, única línea de flotación, pintada por los marinos en el casco, y mide su calado a la quilla o, en su defecto, la altura de los inaccesibles riscos y picos del Monte Lu siempre entre la lluvia...

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